sábado, 1 de noviembre de 2014

Lala III.


Cuatro por cuatro.                                                                        



El vecino de enfrente salió y cruzó la calle corriendo en chancletas y con pantalón de fútbol, algo sucio, la verdad. Al principio con miedo al verme a mí desesperada, y después con angustia, cuando vio el cuerpo tirado a mis pies en la vereda de casa. Los auriculares, tirados contra el cordón.
Había salido al oír mis gritos y cuando llegó quedó aturdido porque seguí gritando como una loca:
-¡Llame a alguien, señor, por favor, urgente, que yo no tengo teléfono celular! ¡Este pibe está muy mal! ¡Alguien lo lastimó mucho! Estaba tejiendo, escuché el golpe, me asomé... ¡está como muerto! Vaya a su casa y llame-me desgañité- ¡ambulancia! ¡Policía!
Él intentaba decirme algo, calmarme o preguntarme alguna cosa, pero mis propios alaridos  descontrolados me impedían oírlo y me libraron de tener que contestar.
Atravesó de nuevo la calle a la carrera, mientras empezaron a asomarse algunos vecinos más y se escuchó cómo se levantaban algunas persianas. Momento de irse.
Apreté fuerte la bolsa de Carrefour que tenía en la mano. Adentro estaba la mantita a medio tejer  y otra bolsa más donde había logrado guardar los guantes y el libro. Caminé para el lado del cementerio, todo lo veloz que mis setenta primaveras me permitían, sin correr. Como lo podría haber hecho cualquier viejita en shock. Increíble cómo la adrenalina te mejora el estado físico.
Anduve por esa cuadra larga del paredón de La Recoleta, frente a los boliches de prostitutas para turistas, hasta llegar a Plaza Francia.
Tiré la bolsa de adentro en el primer container de los grandes y seguí caminando con la del tejido. Di unas vueltas antes de volver a casa. Entré tratando de no mirar al patrullero ni a la ambulancia. Ya iban a venir a tocarme el timbre.

Me había acostumbrado a dormir poco por la noche hacía ya varios años. Primero por insomnio, hasta que por consejo de la profesora de yoga, decidí permanecer despierta voluntariamente y dormir por las mañanas. Pasé de ser una vieja insomne e infeliz a ser una señora noctámbula. Vaya a saber porqué, cuando empieza a salir el sol concilio el sueño con facilidad. Comencé a levantarme después del mediodía, cuando el almuerzo estaba ya casi preparado.
De noche aprovechaba a dejar organizadas las cosas para el día siguiente: la lista de compras y el menú para el almuerzo. Nené hacía tiempo ya que tenía las llaves. Entraba a la mañana cerca de las nueve, hacía las compras, limpiaba lo poco que quedaba del día anterior. Estaba más feliz que yo con mi hibernación matinal; se movía por la casa a sus anchas, como si fuera de ella. Siempre cocinó bien, hablaba poco, no faltaba nunca y aceptaba los aumentos que le daba según lo que anunciaba el sindicato de las del servicio doméstico. El departamento es grande pero estaba siempre en orden, así que no es que tenía demasiado para hacer. Pasaba el trapo por acá y por allá. Cuando se aburría ponía la radio y le daba con la franela a los libros mientras miraba por la ventana.
Dos bibliotecas había en la casa: una con mis libros, casi todas novelas de las de antes, Dostoievsky, Gogol, Mujica Láinez, más las que así como se ponían de moda, mis amigas me regalaban en cada cumpleaños. La otra biblioteca era más vieja y estaba en el que había sido el estudio de José, junto a la puerta ventana del balcón. Contenía los libros de derecho, una enorme colección de "La Ley" con más de veinticinco tomos gruesísimos encuadernados por año, que nunca tiré porque daban al ambiente una imagen señorial. Muchos estantes y ninguna foto. Nené cuando se aburría pasaba horas sacando brillo a "La Ley" mientras miraba el barrio desde el balconcito y escuchaba la radio.
En ese lugar, por las noches me sentaba cerca del balcón a tejer al crochet cuando me cansaba de ver televisión. Tejía mantitas, que donaba a Cáritas luego de la primera misa de cada mes.
 Fue durante una sesión de tejido, que escuché por primera vez el ruido en la vereda. Era un sonido suave con ritmo regular y de timbre metálico: un clap, clapclapclap, clapclapclap y así durante un rato largo. Hacía frío y no quise salir a mirar hasta que la noche siguiente a la misma hora, tipo dos de la mañana, empezó el ruidito de nuevo. Ahí se impuso la curiosidad, me emponché y miré desde el balcón.
Primero no vi nada. Tuve que estirarme hasta pasar el cuello por sobre la baranda para descubrirlo. Desde arriba le veía solo la capucha negra del buzo, y un poco asomado el pie izquierdo dándole a la tapita de Obras Sanitarias- ya sé que es una antigüedad pero conozco esa tapita y dice "O.S.N."- al ritmo del clapclapclap. Tocaba como en 4/4 dejando un silencio de negra. Volvió a sonar casi todas las noches.
Una mañana al salir, lo intenté. El clap se producía al soltar la tapita luego de levantarla presionando una punta con el pie. No era tan fácil lograr el ritmo, había que sacar el pie un tiempito antes de que suene. Lo iba logrando cuando me descubrió el portero. A pesar del papelón, me fui mirándolo con el desprecio con que mirás al que tenés al lado cuando querés dejar en claro que no fue a vos a quien se le escapó la flatulencia en el ascensor.
El sonidito me quedó grabado en la cabeza. Descubrí ese ritmo luego en la calle, saliendo de esos autos que los jóvenes con aspecto de carnicero con plata arreglan para correr más, los dejan bajitos, metalizados y con ruido a estar acelerando aunque estén parados en el semáforo. Esos que escuchan en el auto la música fortísima, a veces con ritmo a lavarropas tipo pun chi pun chi, y otras con un compás como el clap, clapclapclap de mi vereda.
No todas las noches venía "capuchita" a hacer su concierto de tapita abajo de casa. Evitaba venir los fines de semana, que había mucho más movimiento.
Se instalaba a eso de la una y de a ratos golpeteaba. A veces se movía suavemente al ritmo, casi que bailaba. Una noche, lo pesqué sacándose la capucha-  pelo morocho bien autóctono-y vi sus auriculares amarillo y negros.
Las primeras veces lo espiaba un ratito y volvía a entrar. Más tarde empecé a quedarme más tiempo como obsesionada, tratando de enterarme cuál era la actividad que venía a desarrollar el joven en los bajos de mi hogar, amén de su música primaria. Además el mirarlo desde arriba me producía una tentación que me traía recuerdos secretos de la infancia.
Fui hija única. Me bautizaron Eulalia, pero desde siempre soy Lala. Vivía con mis padres en mi actual departamento durante todo el año lectivo. Nos mudábamos a la casa quinta de San Isidro para pasar el verano. Allí quedaba sola tardes enteras vagando por el jardín, fuera de la vista de los mayores. Era una niña muy educada, tocaba el piano, me ponían vestiditos muy mononos, hablaba siempre con propiedad y me aburría como un hongo. Nadie se enteró nunca que me dedicaba a encontrar caminitos de hormigas para ahogarlas a escupida limpia. Fui perfeccionando la técnica y la puntería. Descubrí también que entre tantos bichos que morían inundados había algunos más grandes que siempre lograban nadar hasta la orilla. Eran los que bauticé Weissmullers. Después de un enfriamiento con su posterior resfrío, descubrí que había adquirido la capacidad de producir unos escupitajos mucho más espesos y dada la consistencia, bastante mejores a la hora de apuntar. No había Weissmuller que lograse sobrevivir a esos verdaderos Tsunamis viscosos y asesinos, que parecían un gotarrón gigante de arenas movedizas. Venían además precedidos de un" JJJJJ" cuya sonoridad era poco acorde a una niñita de mi alcurnia y educación.
Estaba muy tentada de escupir a " Capucha". Lo veía tan fácil de embocar, tan difícil errarle si la noche no era ventosa...
Incluso practiqué varias veces, con distinta suerte, durante el día. Intenté apuntarle a la tapita. El primer problema era mi vista: la tapa se veía, pero no era posible distinguir adónde había ido a parar el disparo. La primera tarde que lo intenté tuve que salir corriendo a llamar el ascensor y salir disimuladamente a la vereda, para llevarme una decepción enorme: no había ningún rastro líquido. El sol secaba mi producción bucal antes de que yo llegase a verla, más aún si el proyectil fue certero, pensé, ya que la tapa de metal se calentaba mucho más que las baldosas que la rodeaban. Esperé tardes nubladas y pude ver que le erraba por menos de un metro, lo que no estaba mal, mejorando mucho la performance la vez que estuve acatarrada.
La verdad es que nunca llegué a escupirlo, pero la fantasía me entretuvo unos cuantos días, dato no menor para una jubilada solitaria, y me llevó a seguir espiándolo por las noches.
Cuando José y yo nos casamos, mis padres ya habían decidido irse a vivir a San Isidro así que nos quedamos con el departamento de Recoleta. Abandoné el profesorado de piano antes de la boda.
 José era un abogado muy tenaz en sus casos y en sus estudios, con gran capacidad de aprovechar sus contactos políticos. Puesto a charlar tenía un discurso bastante idealista en cuanto al cumplimiento de la ley pero muy realista en cuanto a la sanción de las leyes. Había que lograr dictar leyes lo suficientemente “convenientes” como para después poder pelear tranquilos por su completo cumplimiento. El poder debía actuar antes, decía, dictando las leyes correctas. Él, entonces, podía luchar a brazo partido para que la Ley se cumpliera a rajatabla. "Sobre el delincuente debe caer el peso de la Ley sin contemplaciones", decía en uno de sus lugares comunes más frecuentes. El concepto de “delincuente” se volvía bastante más resbaloso cuando el acusado era alguno de sus amigos y le tocaba a él ejercer la defensa de sus chanchullos. De todas maneras fue un buen hombre, buen padre de familia y un marido respetuoso y casi cariñoso mientras no me excediera en mis opiniones. Siempre fui muy ácida a la hora de opinar y ejercía de palabra una crítica social audaz, áspera e irónica. José decía que yo hablaba así sobre todo para molestarlo, y que era muy fácil criticar el orden social desde una posición burguesa tan cómoda como la mía. Reconozco que muchas veces hasta parafraseé a Perón para hacerlo cabrear.
 Falleció de muerte súbita, un ataque al corazón hace más de veinte años, cuando Antoñito, nuestro hijo, entraba en la adolescencia.
La maternidad no era lo mío, y no fue fácil con Antoñito. Creció medio a la que te criaste y con más acceso al dinero de lo que hubiera debido. Empezó a tener problemas que traté de no ver hasta que fue imposible negarlos. Tuve que acudir a colegas amigos de José que lo sacaron de algún apuro policial con más desprecio que pena.
 Mi muchacho tenía serios problemas con las drogas, con los médicos, con la policía y conmigo. Cuando se mudó a un descampado en Córdoba logró escapar de los tres últimos. Creo que ahora vive en Holanda y espero que esté sano. No había vuelto a pensar en él hasta que empezó esta historia del ruidito en la vereda.
Volviendo a mis noches de vigilia, fui descubriendo algunas cosas en el encapuchado que no me gustaron, además de sus preferencias musicales. El pibe pasaba entre la una y las cinco y media de la madrugada en la vereda. Cada tanto se le acercaba algún auto o algún adolescente   conversaban un momento y les entregaba unos paquetitos que no lograba yo ver bien desde arriba pero que no me costaba imaginar. Las noches de angustia que habré pasado años atrás imaginando impotente a Antoñito comprando o vendiendo esa porquería…
Llamativamente, estas transacciones que yo veía tan claramente desde el balcón no parecían llamar la atención del policía que pasaba cada hora y media, ni del patrullero que se pegaba una vuelta a cada rato como de camino a los cabarets de Larrea.
 A esta altura ya estaba, además, bastante harta del clapclapclap nocturno que no me dejaba tejer ni olvidar tranquila.
Siempre fui una obsesiva del orden, por eso me puse tan nerviosa cuando estuve más de media hora buscando la cinta de embalar. Tuve que dejar de buscar un rato, tomarme un té para tranquilizarme y recién después la encontré con las cosas que había dejado el pintor un par de meses antes. Había detalles que decidir, así que me tomé un rato más.
Vacié el estante de la vieja biblioteca, lo limpié y volví a dejar en orden todos los tomos, menos el primero. Era más difícil notar la falta del primero o del último que de los del medio. Era jueves y al día siguiente era el franco de Nené.
Trabajé con guantes. Le di varias vueltas al libro con la cinta para evitar que se abriera con el viento. En la bolsa de Carrefour puse la mantita a medio tejer y también una segunda bolsa, vacía.
A la una y cuarto empezó el clapclap. Tejí un rato más. Salí al balcón, me asomé para confirmar que la calle estuviese quieta y "Clapito" en su puesto y solo.
Un viejo chiste decía que la gente de Recoleta era tan indiferente que si algún día caía en el barrio una bomba atómica, iba a rebotar. Estaba por verse.
Busqué el libro, escuché el clapeo; apuntar fue fácil, tenía todo bien medido.
El ruido fue más apagado de lo que había supuesto, y no hubo ningún grito.

El peso de La Ley, pensé, es inexorable.

jueves, 6 de febrero de 2014

martes, 31 de diciembre de 2013

Muero contento



Tengo mínimas  posibilidades de  sobrevivir al día de hoy. De hecho  me estoy muriendo. En este momento debiera pasar mi  vida entera ante los ojos, pero por el momento, no pasa. Sólo vienen a mi mente los últimos días.
Siempre fui bajito y gordo. Con una musculatura poderosa que solo yo intuía, ya que los músculos tenían  por encima una  capa de gelatina grasosa que  al moverme  desplegaba  temblorosos oleajes. Con el sudor untuoso daba la sensación de una morsa albina, desdentada y sin bigote.
Como soldado mi consistencia física me dio algunas ventajas. Las flechas por elevación preferían habitualmente dar en los soldados altos que tenía al lado, produciéndome  esa sensación ambigua: tristeza por el compañero caído y alegría porque no me habían dado a mí sino a uno de los  malnacidos  que  me gastaban por enano. Además hay que ser muy insensible para no conmoverse viendo el ojo del amigo al brochette. Lo ideal  es aprovechar esos momentos  para cultivar el odio a los enemigos, con el deseo de que siguiesen apuntando a las cabezas que sobresalían.
Para nosotros, los griegos, mantener la formación correcta y pulcra en batalla era cuestión de honor. En este marco los “pigmeos”, como me llamaba un viejo veterano de la guerra de África, quedábamos a resguardo y se jodían  los altos y los de la primera fila. El embole era que detrás de tanto escudo y casco, no lograbas ver nada y no sabías si ibas ganando, perdiendo o venía la mano  para un digno empate, que solía  ser lo peor,  porque si  la cosa  era muy pareja no se terminaba más.
Varias veces me tocó llegar a la primera fila y a la lucha cuerpo a cuerpo. Gracias a eso logré el respeto y beneplácito de mis superiores, que  miraban desde la loma imaginando mi enorme valor, cuando veían  que era yo el único que no huía aún ante la superioridad numérica del enemigo. Claro que con mi mochila abdominal más los kilos de fierro que te echabas encima para protegerte,  mis posibilidades de escapar corriendo siempre fueron nulas: me plantaba con facilidad resignada y solía tener  la suerte de que a los contrincantes  de turno no  les entusiasmaba demasiado ensuciarse las manos ni arriesgarse a la corta distancia.
Si lograbas permanecer vivo hasta la noche, era cuestión de encontrar el camino  al campamento aprovechando que el petiso hace siempre menor contraste con el horizonte. Trataba de no tardar demasiado para llegar a tiempo del festín si fue victoria, o de comer aunque sea algo si fue derrota. Lo bueno de perder la batalla era que había menos bocas con las que compartir la comida al final. Siempre y cuando los cocineros no hubieran perdido a un ser querido, lo que con toda lógica aguaba notablemente  la calidad de la cena.
En la victoria siempre fui  más bien discreto. Los saqueos no me gustaron nunca. Un romántico que prefirió  conquistar una dama a violarla en ocasión de festejo guerrero. Cada tanto tenía que meter alguna mano bajo una falda asustada aunque fuera  sólo para no crear dudas entre los colegas sobre mi virilidad. No han sido épocas de gran apertura en cuanto a la elección sexual y cuestiones de género, digan lo que digan siglos más delante acerca de  Aquiles y sus amigos y entrenados.
Esta última batalla en principio no tuvo en su desarrollo nada fuera de lo normal. Al menos vista a ras de tierra. Pero parece que a nuestros cráneos de allá arriba, los que creían estar siempre dándole a los jueguitos de estrategia, se les escapó la tortuga. A tal punto que en un momento dejaron de comer sus aceitunas y alcaparras, para caer en la cuenta que hasta iban a tener que mover su campamento hacia alguna loma todavía más lejana, porque se les venía la noche. Parecía  además que llegaron a la conclusión de que si no se apuraban no iba a ser posible salir de la zona para avisar a los ejércitos de retaguardia  que la cosa venía mal.
Los llamados ejércitos de retaguardia eran enormes campamentos, cerca de Atenas en este caso,  en los que los oficiales tomaban sol, se juntaban al atardecer a armar mapitas con banderitas de colores que colocaban según les iban llegando las noticias del conflicto bélico. En el centro de su mapa se encontraba la banderita más grande y vistosa, que representaba a ellos mismos. Se sentían de lo más satisfechos siempre que las demás banderitas, sobre todo las rojas enemigas (el rojo siempre es el enemigo de Occidente) se encontrasen lo más cerca posible de los bordes del mapa, casi cayéndose de la mesa.
La situación de la soldadería de retaguardia era diferente. Decían estar cansados de tantas horas de práctica y de pasársela soñando con jornadas sangrientas y gloriosas, con victorias, saqueos y  botines .Mientras tanto entrenaban con discreto entusiasmo unos cuarenta minutos al día, pasando el resto del tiempo rasgando una cítara, tomando  sol, rascándose generosamente las partes pudendas . Muchos de ellos habían establecido relaciones con simpáticas señoritas que después de un tiempo también estaban esperanzadas con que su soldado de retaguardia marchase al frente porque estaban convencidas de que  la rutina termina matando  al amor.
En este marco, y volviendo a mi última batalla, no fue muy agradable cuando el mismísimo general en persona me pescó volviendo  al trotecito tranquilo, a la hora de la cena, sobre el final de una jornada tácticamente nefasta, estratégicamente trágica e históricamente vergonzosa de la que no me había enterado salvo porque en el campo había terminado más solo que de costumbre.
-Al soldadito le gusta trotar- me dijo hablándome en tercera persona como mucho milico haría a lo largo de la historia- así que venga que le tengo preparada una misión …
El tipo miraba mi abdomen con un dejo de desconfianza, pero siendo que no había ningún otro soldado raso ni esclavo keniata a la vista y que sus oficiales solo sabían moverse  alrededor de la mesa, continuó con las órdenes hacia mi persona.
-Se me va corriendo hasta Atenas, que queda justo hacia allá- apuntando en dirección contraria a la humareda de la contienda- y me les cuenta que se preparen porque el enemigo nos pasa como poste caído y les va a tocar pelear, aún contra sus principios más arraigados.
Tratando de ser racional, la situación tenía ventajas y desventajas.
Lo bueno: me dieron de comer antes de la partida, regado con alguna de esas bebidas estimulantes de la valentía.
Lo malo: a) no tenía opción.
                b) cierta  tradición acerca del trato dispensado a los portadores de malas noticias.
                c) la certeza de que las noticias eran muy malas.
                d) había que correr una distancia inaudita, sin el estímulo de que me estuvieran persiguiendo espada en mano.
               e) mi panza. 
Me vestí con mi mejor gala militar, recibí verbalmente el mensaje que debía transmitir, que traducido directamente del griego era algo así como “prepárense que se vienen,  nos hicieron pomada  en Marathón”, y partí a un ritmo de trotecito esforzado.
A los quinientos metros me saqué y tiré al costado del sendero mi mejor gala militar. Seguí en ropa liviana, apta para lo que, también traducido, podríamos llamar trekking.
El camino era escarpado, rocoso, con poca sombra. Tenía pocas ganas de correr, ya que el concepto  de querer probar tus límites, la aventura y otras pavadas, recién llegaría siglos más tarde y solo para la gente que no tuviera que esforzarse para sobrevivir. Me sentí más estimulado  cuando escuché un grito a mis espaldas en el inconfundible dialecto persa  y con el  tono arrastrado de quien está alcoholizado,  aprovechando que faltan siglos para el islam y su ley seca.
-ese gordo culón  que va corriendo-decía- ¿no será un puto  griego?
Odio el racismo y la discriminación, pero preferí no parar a discutir. Golpearon contra el suelo  un par de metros  a mi izquierda unas flechas acompañadas por las risas alcohólicas de quienes,  a pesar de decidir no ser mis perseguidores, lograron acelerar mi carrera.
Fue una corrida de algo más de 42 km. Pasé del fastidio al miedo, a la desesperación, el agotamiento, la sed, el hambre, y finalmente a la resignación.
Llegué a destino al borde de la muerte. Logré transmitir el  ominoso mensaje. Me miraron con odio. Ante la pregunta del general a sus oficiales:
-¿Ahora quién mata al gordito que tan malas nuevas nos trajo?
La respuesta fue el silencio primero y un comentario después, que por su sagacidad debió de pertenecer al matasanos del campamento:
-para qué, si igual se muere solito…
Tenía razón, y no pude felicitarlo por el diagnóstico porque estuve  ocupado en vano intento de continuar respirando.
Me dejaron acá tirado.
En mi caso, la posición panza arriba no es la manera más elegante de morir pero mantiene la dignidad más a cubierto  que si quedo culo al cielo entre tanto soldado solitario.
Algo no anda bien con mi corazón, que late a los saltos y a M por minuto, como decían unos romanos con los que compartí celda alguna vez.
Cierro los ojos.

Muero.

martes, 2 de abril de 2013

Juan López Y John Ward














Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.
El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.



                                                                                                                                      J.L.B.

domingo, 4 de noviembre de 2012

refugiados


¿QUIÉN ES REFUGIADO?

Un refugiado es una persona que: 
a) Debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad,
pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su
nacionalidad y no pueda o no quiera acogerse a la protección de tal país, o que, careciendo de
nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos, fuera del país donde antes
tuviera residencia habitual, no pueda o no quiera regresar a él.
b) Ha huido de su país de nacionalidad o de residencia habitual para el caso en que no contara
con nacionalidad porque su vida, seguridad o libertad han sido amenazadas por la violencia
generalizada, la agresión extranjera, los conflictos internos, la violación masiva de los derechos
humanos u otras circunstancias que hayan perturbado gravemente el orden público.

PREGUNTAS FRECUENTES

¿Qué diferencia hay entre un migrante y un refugiado?
Las personas que  migran, salen de sus países de origen por diferentes razones y necesidades.
El reconocimiento de la condición de refugiado está dirigido sólo a brindar protección
internacional a aquellas que no puede encontrar en su país efectiva protección de sus
derechos, que por sus opiniones políticas, raza u otros motivos es perseguido y/o que se
encuentran amenazados por conflictos armados o guerras que los obligan a dejar sus países.
El migrante abandona su país de forma voluntaria por motivos económicos, por un deseo de
cambio o de aventura, por razones familiares o por otros motivos de carácter personal. 
Por ejemplo, conforme la Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de
todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares, el "trabajador migratorio" es “toda
persona que vaya a realizar, realice o haya realizado una actividad remunerada en un Estado
del que no sea nacional."




No pueden ser refugiadas aquellas personas que:
*
Han cometido un crimen contra la paz, un crimen de guerra o contra la humanidad.
*
Han cometido un grave delito común en su país de origen, antes de solicitar el
reconocimiento de la condición de refugiado.
*
Fueron encontradas culpables de actos contrarios a los principios y propósitos de las
Naciones Unidas.

El objetivo de estas restricciones
es evitar que sea reconocida como refugiada una personaque es prófuga de la justicia o delincuente común.

¿Puede un soldado ser refugiado?
Un soldado
en actividad no puede ser refugiado. Por definición, un refugiado es un civil. Una
persona que sigue participando en actividades militares a favor o en contra de su país de origen
desde el país de acogida, no puede ser considerada como refugiado.

¿Pueden las autoridades argentinas contactar a las autoridades del
país de origen del solicitante?
Toda información y documentación que el solicitante facilite es tratada en forma confidencial y
por lo tanto no se le comunicará a las autoridades del país de procedencia o de nacionalidad
del solicitante.