martes, 31 de diciembre de 2013

Muero contento



Tengo mínimas  posibilidades de  sobrevivir al día de hoy. De hecho  me estoy muriendo. En este momento debiera pasar mi  vida entera ante los ojos, pero por el momento, no pasa. Sólo vienen a mi mente los últimos días.
Siempre fui bajito y gordo. Con una musculatura poderosa que solo yo intuía, ya que los músculos tenían  por encima una  capa de gelatina grasosa que  al moverme  desplegaba  temblorosos oleajes. Con el sudor untuoso daba la sensación de una morsa albina, desdentada y sin bigote.
Como soldado mi consistencia física me dio algunas ventajas. Las flechas por elevación preferían habitualmente dar en los soldados altos que tenía al lado, produciéndome  esa sensación ambigua: tristeza por el compañero caído y alegría porque no me habían dado a mí sino a uno de los  malnacidos  que  me gastaban por enano. Además hay que ser muy insensible para no conmoverse viendo el ojo del amigo al brochette. Lo ideal  es aprovechar esos momentos  para cultivar el odio a los enemigos, con el deseo de que siguiesen apuntando a las cabezas que sobresalían.
Para nosotros, los griegos, mantener la formación correcta y pulcra en batalla era cuestión de honor. En este marco los “pigmeos”, como me llamaba un viejo veterano de la guerra de África, quedábamos a resguardo y se jodían  los altos y los de la primera fila. El embole era que detrás de tanto escudo y casco, no lograbas ver nada y no sabías si ibas ganando, perdiendo o venía la mano  para un digno empate, que solía  ser lo peor,  porque si  la cosa  era muy pareja no se terminaba más.
Varias veces me tocó llegar a la primera fila y a la lucha cuerpo a cuerpo. Gracias a eso logré el respeto y beneplácito de mis superiores, que  miraban desde la loma imaginando mi enorme valor, cuando veían  que era yo el único que no huía aún ante la superioridad numérica del enemigo. Claro que con mi mochila abdominal más los kilos de fierro que te echabas encima para protegerte,  mis posibilidades de escapar corriendo siempre fueron nulas: me plantaba con facilidad resignada y solía tener  la suerte de que a los contrincantes  de turno no  les entusiasmaba demasiado ensuciarse las manos ni arriesgarse a la corta distancia.
Si lograbas permanecer vivo hasta la noche, era cuestión de encontrar el camino  al campamento aprovechando que el petiso hace siempre menor contraste con el horizonte. Trataba de no tardar demasiado para llegar a tiempo del festín si fue victoria, o de comer aunque sea algo si fue derrota. Lo bueno de perder la batalla era que había menos bocas con las que compartir la comida al final. Siempre y cuando los cocineros no hubieran perdido a un ser querido, lo que con toda lógica aguaba notablemente  la calidad de la cena.
En la victoria siempre fui  más bien discreto. Los saqueos no me gustaron nunca. Un romántico que prefirió  conquistar una dama a violarla en ocasión de festejo guerrero. Cada tanto tenía que meter alguna mano bajo una falda asustada aunque fuera  sólo para no crear dudas entre los colegas sobre mi virilidad. No han sido épocas de gran apertura en cuanto a la elección sexual y cuestiones de género, digan lo que digan siglos más delante acerca de  Aquiles y sus amigos y entrenados.
Esta última batalla en principio no tuvo en su desarrollo nada fuera de lo normal. Al menos vista a ras de tierra. Pero parece que a nuestros cráneos de allá arriba, los que creían estar siempre dándole a los jueguitos de estrategia, se les escapó la tortuga. A tal punto que en un momento dejaron de comer sus aceitunas y alcaparras, para caer en la cuenta que hasta iban a tener que mover su campamento hacia alguna loma todavía más lejana, porque se les venía la noche. Parecía  además que llegaron a la conclusión de que si no se apuraban no iba a ser posible salir de la zona para avisar a los ejércitos de retaguardia  que la cosa venía mal.
Los llamados ejércitos de retaguardia eran enormes campamentos, cerca de Atenas en este caso,  en los que los oficiales tomaban sol, se juntaban al atardecer a armar mapitas con banderitas de colores que colocaban según les iban llegando las noticias del conflicto bélico. En el centro de su mapa se encontraba la banderita más grande y vistosa, que representaba a ellos mismos. Se sentían de lo más satisfechos siempre que las demás banderitas, sobre todo las rojas enemigas (el rojo siempre es el enemigo de Occidente) se encontrasen lo más cerca posible de los bordes del mapa, casi cayéndose de la mesa.
La situación de la soldadería de retaguardia era diferente. Decían estar cansados de tantas horas de práctica y de pasársela soñando con jornadas sangrientas y gloriosas, con victorias, saqueos y  botines .Mientras tanto entrenaban con discreto entusiasmo unos cuarenta minutos al día, pasando el resto del tiempo rasgando una cítara, tomando  sol, rascándose generosamente las partes pudendas . Muchos de ellos habían establecido relaciones con simpáticas señoritas que después de un tiempo también estaban esperanzadas con que su soldado de retaguardia marchase al frente porque estaban convencidas de que  la rutina termina matando  al amor.
En este marco, y volviendo a mi última batalla, no fue muy agradable cuando el mismísimo general en persona me pescó volviendo  al trotecito tranquilo, a la hora de la cena, sobre el final de una jornada tácticamente nefasta, estratégicamente trágica e históricamente vergonzosa de la que no me había enterado salvo porque en el campo había terminado más solo que de costumbre.
-Al soldadito le gusta trotar- me dijo hablándome en tercera persona como mucho milico haría a lo largo de la historia- así que venga que le tengo preparada una misión …
El tipo miraba mi abdomen con un dejo de desconfianza, pero siendo que no había ningún otro soldado raso ni esclavo keniata a la vista y que sus oficiales solo sabían moverse  alrededor de la mesa, continuó con las órdenes hacia mi persona.
-Se me va corriendo hasta Atenas, que queda justo hacia allá- apuntando en dirección contraria a la humareda de la contienda- y me les cuenta que se preparen porque el enemigo nos pasa como poste caído y les va a tocar pelear, aún contra sus principios más arraigados.
Tratando de ser racional, la situación tenía ventajas y desventajas.
Lo bueno: me dieron de comer antes de la partida, regado con alguna de esas bebidas estimulantes de la valentía.
Lo malo: a) no tenía opción.
                b) cierta  tradición acerca del trato dispensado a los portadores de malas noticias.
                c) la certeza de que las noticias eran muy malas.
                d) había que correr una distancia inaudita, sin el estímulo de que me estuvieran persiguiendo espada en mano.
               e) mi panza. 
Me vestí con mi mejor gala militar, recibí verbalmente el mensaje que debía transmitir, que traducido directamente del griego era algo así como “prepárense que se vienen,  nos hicieron pomada  en Marathón”, y partí a un ritmo de trotecito esforzado.
A los quinientos metros me saqué y tiré al costado del sendero mi mejor gala militar. Seguí en ropa liviana, apta para lo que, también traducido, podríamos llamar trekking.
El camino era escarpado, rocoso, con poca sombra. Tenía pocas ganas de correr, ya que el concepto  de querer probar tus límites, la aventura y otras pavadas, recién llegaría siglos más tarde y solo para la gente que no tuviera que esforzarse para sobrevivir. Me sentí más estimulado  cuando escuché un grito a mis espaldas en el inconfundible dialecto persa  y con el  tono arrastrado de quien está alcoholizado,  aprovechando que faltan siglos para el islam y su ley seca.
-ese gordo culón  que va corriendo-decía- ¿no será un puto  griego?
Odio el racismo y la discriminación, pero preferí no parar a discutir. Golpearon contra el suelo  un par de metros  a mi izquierda unas flechas acompañadas por las risas alcohólicas de quienes,  a pesar de decidir no ser mis perseguidores, lograron acelerar mi carrera.
Fue una corrida de algo más de 42 km. Pasé del fastidio al miedo, a la desesperación, el agotamiento, la sed, el hambre, y finalmente a la resignación.
Llegué a destino al borde de la muerte. Logré transmitir el  ominoso mensaje. Me miraron con odio. Ante la pregunta del general a sus oficiales:
-¿Ahora quién mata al gordito que tan malas nuevas nos trajo?
La respuesta fue el silencio primero y un comentario después, que por su sagacidad debió de pertenecer al matasanos del campamento:
-para qué, si igual se muere solito…
Tenía razón, y no pude felicitarlo por el diagnóstico porque estuve  ocupado en vano intento de continuar respirando.
Me dejaron acá tirado.
En mi caso, la posición panza arriba no es la manera más elegante de morir pero mantiene la dignidad más a cubierto  que si quedo culo al cielo entre tanto soldado solitario.
Algo no anda bien con mi corazón, que late a los saltos y a M por minuto, como decían unos romanos con los que compartí celda alguna vez.
Cierro los ojos.

Muero.