Tengo mínimas posibilidades de sobrevivir al día de hoy. De hecho me estoy muriendo. En este momento debiera pasar
mi vida entera ante los ojos, pero por
el momento, no pasa. Sólo vienen a mi mente los últimos días.
Siempre fui bajito y gordo. Con una musculatura poderosa que
solo yo intuía, ya que los músculos tenían
por encima una capa de gelatina
grasosa que al moverme desplegaba
temblorosos oleajes. Con el sudor untuoso daba la sensación de una morsa
albina, desdentada y sin bigote.
Como soldado mi consistencia física me dio algunas ventajas.
Las flechas por elevación preferían habitualmente dar en los soldados altos que
tenía al lado, produciéndome esa
sensación ambigua: tristeza por el compañero caído y alegría porque no me habían
dado a mí sino a uno de los malnacidos que me
gastaban por enano. Además hay que ser muy insensible para no conmoverse viendo
el ojo del amigo al brochette. Lo ideal es aprovechar esos momentos para cultivar el odio a los enemigos, con el
deseo de que siguiesen apuntando a las cabezas que sobresalían.
Para nosotros, los griegos, mantener la formación correcta y
pulcra en batalla era cuestión de honor. En este marco los “pigmeos”, como me
llamaba un viejo veterano de la guerra de África, quedábamos a resguardo y se
jodían los altos y los de la primera
fila. El embole era que detrás de tanto escudo y casco, no lograbas ver nada y
no sabías si ibas ganando, perdiendo o venía la mano para un digno empate, que solía ser lo peor, porque si la cosa era muy pareja no se terminaba más.
Varias veces me tocó llegar a la primera fila y a la lucha
cuerpo a cuerpo. Gracias a eso logré el respeto y beneplácito de mis
superiores, que miraban desde la loma
imaginando mi enorme valor, cuando veían que era yo el único que no huía aún ante la
superioridad numérica del enemigo. Claro que con mi mochila abdominal más los
kilos de fierro que te echabas encima para protegerte, mis posibilidades de escapar corriendo
siempre fueron nulas: me plantaba con facilidad resignada y solía tener la suerte de que a los contrincantes de turno no les entusiasmaba demasiado ensuciarse las
manos ni arriesgarse a la corta distancia.
Si lograbas permanecer vivo hasta la noche, era cuestión de
encontrar el camino al campamento
aprovechando que el petiso hace siempre menor contraste con el horizonte.
Trataba de no tardar demasiado para llegar a tiempo del festín si fue victoria,
o de comer aunque sea algo si fue derrota. Lo bueno de perder la batalla era
que había menos bocas con las que compartir la comida al final. Siempre y
cuando los cocineros no hubieran perdido a un ser querido, lo que con toda
lógica aguaba notablemente la calidad de
la cena.
En la victoria siempre fui más bien discreto. Los saqueos no me gustaron
nunca. Un romántico que prefirió
conquistar una dama a violarla en ocasión de festejo guerrero. Cada
tanto tenía que meter alguna mano bajo una falda asustada aunque fuera sólo para no crear dudas entre los colegas sobre
mi virilidad. No han sido épocas de gran apertura en cuanto a la elección
sexual y cuestiones de género, digan lo que digan siglos más delante acerca
de Aquiles y sus amigos y entrenados.
Esta última batalla en principio no tuvo en su desarrollo
nada fuera de lo normal. Al menos vista a ras de tierra. Pero parece que a
nuestros cráneos de allá arriba, los que creían estar siempre dándole a los
jueguitos de estrategia, se les escapó la tortuga. A tal punto que en un
momento dejaron de comer sus aceitunas y alcaparras, para caer en la cuenta que
hasta iban a tener que mover su campamento hacia alguna loma todavía más
lejana, porque se les venía la noche. Parecía además que llegaron a la conclusión de que si
no se apuraban no iba a ser posible salir de la zona para avisar a los
ejércitos de retaguardia que la cosa
venía mal.
Los llamados ejércitos de retaguardia eran enormes
campamentos, cerca de Atenas en este caso, en los que los oficiales tomaban sol, se
juntaban al atardecer a armar mapitas con banderitas de colores que colocaban
según les iban llegando las noticias del conflicto bélico. En el centro de su
mapa se encontraba la banderita más grande y vistosa, que representaba a ellos
mismos. Se sentían de lo más satisfechos siempre que las demás banderitas,
sobre todo las rojas enemigas (el rojo siempre es el enemigo de Occidente) se
encontrasen lo más cerca posible de los bordes del mapa, casi cayéndose de la
mesa.
La situación de la soldadería de retaguardia era diferente.
Decían estar cansados de tantas horas de práctica y de pasársela soñando con
jornadas sangrientas y gloriosas, con victorias, saqueos y botines .Mientras tanto entrenaban con
discreto entusiasmo unos cuarenta minutos al día, pasando el resto del tiempo rasgando
una cítara, tomando sol, rascándose generosamente
las partes pudendas . Muchos de ellos habían establecido relaciones con
simpáticas señoritas que después de un tiempo también estaban esperanzadas con
que su soldado de retaguardia marchase al frente porque estaban convencidas de
que la rutina termina matando al amor.
En este marco, y volviendo a mi última batalla, no fue muy
agradable cuando el mismísimo general en persona me pescó volviendo al trotecito tranquilo, a la hora de la cena,
sobre el final de una jornada tácticamente nefasta, estratégicamente trágica e
históricamente vergonzosa de la que no me había enterado salvo porque en el campo
había terminado más solo que de costumbre.
-Al soldadito le gusta trotar- me dijo hablándome en tercera
persona como mucho milico haría a lo largo de la historia- así que venga que le
tengo preparada una misión …
El tipo miraba mi abdomen con un dejo de desconfianza, pero
siendo que no había ningún otro soldado raso ni esclavo keniata a la vista y
que sus oficiales solo sabían moverse alrededor de la mesa, continuó con las órdenes
hacia mi persona.
-Se me va corriendo hasta Atenas, que queda justo hacia
allá- apuntando en dirección contraria a la humareda de la contienda- y me les
cuenta que se preparen porque el enemigo nos pasa como poste caído y les va a
tocar pelear, aún contra sus principios más arraigados.
Tratando de ser racional, la situación tenía ventajas y
desventajas.
Lo bueno: me dieron de comer antes de la partida, regado con
alguna de esas bebidas estimulantes de la valentía.
Lo malo: a) no tenía opción.
b) cierta tradición acerca del trato dispensado a los
portadores de malas noticias.
c) la
certeza de que las noticias eran muy malas.
d)
había que correr una distancia inaudita, sin el estímulo de que me estuvieran
persiguiendo espada en mano.
e) mi
panza.
Me vestí con mi mejor gala militar, recibí verbalmente el
mensaje que debía transmitir, que traducido directamente del griego era algo
así como “prepárense que se vienen, nos
hicieron pomada en Marathón”, y partí a
un ritmo de trotecito esforzado.
A los quinientos metros me saqué y tiré al costado del
sendero mi mejor gala militar. Seguí en ropa liviana, apta para lo que, también
traducido, podríamos llamar trekking.
El camino era escarpado, rocoso, con poca sombra. Tenía
pocas ganas de correr, ya que el concepto de querer probar tus límites, la aventura y
otras pavadas, recién llegaría siglos más tarde y solo para la gente que no
tuviera que esforzarse para sobrevivir. Me sentí más estimulado cuando escuché un grito a mis espaldas en el
inconfundible dialecto persa y con
el tono arrastrado de quien está
alcoholizado, aprovechando que faltan
siglos para el islam y su ley seca.
-ese gordo culón que
va corriendo-decía- ¿no será un puto
griego?
Odio el racismo y la discriminación, pero preferí no parar a
discutir. Golpearon contra el suelo un
par de metros a mi izquierda unas
flechas acompañadas por las risas alcohólicas de quienes, a pesar de decidir no ser mis perseguidores,
lograron acelerar mi carrera.
Fue una corrida de algo más de 42 km. Pasé del fastidio al
miedo, a la desesperación, el agotamiento, la sed, el hambre, y finalmente a la
resignación.
Llegué a destino al borde de la muerte. Logré transmitir el ominoso mensaje. Me miraron con odio. Ante la
pregunta del general a sus oficiales:
-¿Ahora quién mata al gordito que tan malas nuevas nos
trajo?
La respuesta fue el silencio primero y un comentario
después, que por su sagacidad debió de pertenecer al matasanos del campamento:
-para qué, si igual se muere solito…
Tenía razón, y no pude felicitarlo por el diagnóstico porque
estuve ocupado en vano intento de
continuar respirando.
Me dejaron acá tirado.
En mi caso, la posición panza arriba no es la manera más
elegante de morir pero mantiene la dignidad más a cubierto que si quedo culo al cielo entre tanto soldado
solitario.
Algo no anda bien con mi corazón, que late a los saltos y a
M por minuto, como decían unos romanos con los que compartí celda alguna vez.
Cierro los ojos.
Muero.
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